
Los años sesenta fueron los años de los misterios ultraterrenos. De héroes como Kalimán, el séptimo hombre de la dinastía de la diosa Kali. Un tipo justo que dedicó su vida en cuerpo y alma a combatir las fuerzas del mal, siempre acompañado de un niño egipcio, descendiente de faraones.
Una mañana de junio de 1966, en medio de edificios ocres que se combinaban con los cafés y salones de onces del centro de Bogotá, que despachaban almojábanas calientes y chocolate, cuyo olor llegaba a la fila del edificio de Todelar como un perfume envolvente, Erika Krum, estudiante de último años de un colegio de monjas, esperaba la audición para un papel en ‘Kalimán, el hombre increíble’.
La radionovela que había causado furor en México hacía tres años llegaba a nuestro país con la expectativa de un héroe que nació en las profundidades de la Tierra y no hacía sino parlotear “serenidad y paciencia”. Ese día, el Kalimán que caminaba de aquí para allá por los pasillos de la emisora, no era un hombre de bata blanca y una piedra preciosa incrustada en su turbante blanco. Sino un tipo delgado, más bien bajo y pálido en sus mejillas: Gaspar Ospina. Un cachaco, actor radial de teatro que había comenzado su carrera en la radio haciendo comerciales de tiendas de paño y narrando guiones de lugares turísticos.
Ospina gritaba y discutía con Álvaro Ruíz Hernández sobre un imprevisto que amenazaba con llevarse el proyecto por delante: el contrato era chimbo. La empresa Mexicana Editorial Novaro, dueña de los derechos reservados de Kalimán, advirtió que Víctor Fox, con quien Todelar hizo el acuerdo de compra de los libretos de la serie, era un mentiroso.
Echar marcha atrás era imposible. Cientos de jovencitos hacían cola para presentarse ante los directores y guionistas en busca del papel de Solín, en fiel amigo del héroe; algunos habían llegado porque escucharon el rumor que el papel principal estaba vacante y otros curiosos que merodeaban por la zona pensaron que algo muy importante estaba pasando por el alboroto fuera del edificio en la Calle 19 con quinta, propiedad de Alfonso López Michelsen.
En fin, la fiebre era tan grande y los compromisos comerciales de Todelar tan urgentes e inaplazables, que la radionovela no podía suspenderse.
