La atemorizante verdad sobre los asesinos en masa

19 de agosto del 2019

La agresión y el odio en humanos son mucho más peligrosos que una enfermedad psiquiátrica.

La atemorizante verdad sobre los asesinos en masa

Después de que un hombre armado masacró hace poco a 22 personas en un Walmart en El Paso, Texas, el Presidente Donald J. Trump declaró que los asesinos en masa son “monstruos enfermos mentales”.

Era una explicación conveniente -y engañosa- que desviaba la atención del público de una posibilidad más oscura detrás de un horror tan inimaginable: el asesino podría haber sido racional y simplemente estaba lleno de odio.

Es razonable pensar que cualquiera que acribilla a 22 seres humanos a sangre fría debe estar demente o padecer una enfermedad mental. Pero la verdad sobre los asesinos en masa y el vínculo con la salud mental es más complicada que eso.

Uno de los estudios más grandes de asesinos en masa, llevado a cabo por Michael Stone y que involucró a 350 personas, encontró que sólo el 20 por ciento tenía una enfermedad psicótica; el otro 80 por ciento no tenía una enfermedad mental diagnosticable, sólo el estrés, enojo, celos e infelicidad diarios que el resto de nosotros experimentamos.

Del mismo modo, un estudio de tiradores activos realizado por el FBI entre el 2000 y el 2013 descubrió que sólo el 25 por ciento había recibido un diagnóstico psiquiátrico y sólo el 5 por ciento tenía una enfermedad psicótica.

No podemos saber con seguridad si Patrick Crusius, de 21 años, el sospechoso en los asesinatos de El Paso, está mentalmente enfermo sin un conocimiento detallado de su historia personal y médica. Pero sus escritos en línea sugieren que no deberíamos asumir con tanta rapidez que ese es el caso.

En un manifiesto atribuido a él, Crusius despotricó contra la inmigración, describió un plan para separar a Estados Unidos en zonas racialmente divididas y advirtió que la gente de raza blanca estaba siendo reemplazada por extranjeros. Dijo que “este ataque es una respuesta a la invasión hispana de Texas”.

A mí, la declaración me pareció lógica, coherente y no particularmente dispersa o delirante. De forma sorprendente, el manifiesto parecía hacer eco de lo que Trump ha dicho durante todo este tiempo sobre los inmigrantes. Por ejemplo, en un mitin reciente en Florida, el Presidente dijo, “Si ven lo que viene marchando, ¡eso es una invasión!”.

Visto desde esta perspectiva, es totalmente verosímil que el asesino de El Paso sea una persona racional que resulta verse inspirada en una ideología racista y de odio.

La atemorizante verdad es que la agresión y el odio humanos comunes y corrientes son mucho más peligrosos que cualquier enfermedad psiquiátrica. Sólo hay que pensar en los muchos individuos que se ven impulsados a perpetrar homicidios en masa porque fueron despedidos por sus patrones o sus novias terminaron con ellos. Lo más probable es que no tuvieran una enfermedad mental sino que simplemente estuvieran llenos de odio -y bien armados.

De hecho, la enfermedad mental contribuye a alrededor del 3 por ciento de los delitos violentos en Estados Unidos.

La noción de que podemos identificar a los asesinos en masa antes de que actúen es, hasta el momento, una ficción epidemiológica. Estos individuos por lo general evitan tener contacto con el sistema de cuidado de la salud mental. Incluso si no fuera así, los psiquiatras experimentados no tendrían ventaja sobre dados lanzados al aire a la hora de pronosticar violencia.

Otros asesinos en masa confirman esto. En su juicio, se encontró que Brendon Tarrant, quien asesinó a 51 personas en marzo en una mezquita en Christchurch, Nueva Zelanda, no estaba mentalmente enfermo. Más bien, era un supremacista blanco que planeó su matanza durante dos años y estaba impulsado por una ideología antiinmigrante y racista similar a la de Crusius. Y al igual que Crusius, creía en una teoría de la conspiración de supremacistas blancos llamada “el gran reemplazo”, que plantea que los europeos de raza blanca, con la complicidad de “élites”, están siendo reemplazados por pueblos no europeos a través de inmigración masiva.

Luego está Dylann Roof, quien asesinó a nueve personas en el 2015 en una iglesia en Charleston, Carolina del Sur. También él promulgó el odio racial en un manifiesto en línea. Aunque recibió un diagnóstico de trastorno de ansiedad social y autismo leve de un psiquiatra que lo evaluó, ninguno de estos diagnósticos involucraba un estado de psicosis que pudiera haberlo dejado incapaz de comprender la naturaleza de sus actos.

A juzgar por sus manifiestos, uno se tiene que preguntar si, como mínimo, estos asesinos esperaban aprobación social de aquellos que compartían su ideología racista, no digamos un deseo de ganar fama.

En vista del resurgimiento global del nacionalismo blanco y la xenofobia en años recientes, ¿realmente es sorprendente que algunos individuos hayan respondido a este clima de odio al canalizar violentamente esas ideas?

Lo que esto sugiere es que reforzar los programas de salud mental -aunque es un objetivo loable- no solucionará la epidemia de tiroteos masivos en Estados Unidos.

Políticas más efectivas podrían involucrar un control de armas, incluyendo mejorar la verificación de antecedentes y expandir las así llamadas órdenes de protección por riesgo extremo, lo que permitiría que la imposición de la ley quitara de forma temporal armas de fuego a gente considerada potencialmente violenta.

Esto debería asustarnos a todos. El siguiente asesino en masa está ahí afuera -en algún lado- observando muy cuidadosamente lo que nos decimos y hacemos unos a otros. Y tal vez esté tan cuerdo como usted o como yo.

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