Región amish de Pennsylvania extiende la mano a refugiados

16 de agosto del 2019

En 2017 Lancaster recibió 20 veces más refugiados per cápita que cualquier otra ciudad en Estados Unidos.

Región amish de Pennsylvania extiende la mano a refugiados

El Mercado Central de Lancaster, una mezcolanza de puestos ordenadamente albergados en un edificio de estilo románico en el Centro desde 1889, tiene mucho tiempo de ser un bullicioso núcleo donde la enorme población de alemanes de Pennsylvania de la zona vende fruta, carne, productos de panadería y otros alimentos producidos en granjas a las afueras de la Ciudad.

Sin embargo, hay algo diferente en el ambiente en fechas recientes.

El estimulante aroma de especias que emiten las samosas de carne de res en un puesto, Rafiki Taste of Africa, se mezcla con el fuerte olor de cebollas y piñas que son cortadas para la salsa en Guacamole Specialist. El gruñido de la caña de azúcar al ser aplastada para convertirla en líquido se puede escuchar en Havana Juice. Una bandera de Puerto Rico cuelga cerca de la caja registradora en Christina’s Criollo, donde se ofrecen empanadas y plátano macho frito.

“Malala estuvo aquí no hace mucho”, dijo Omar Saife, de 65 años, dueño de Saife’s Middle Eastern Food, en referencia a Malala Yousafzai, la joven mujer paquistaní que ganó el Premio Nobel de la Paz en el 2014. Una fotografía enmarcada de ella y Al Saife cuelga en su puesto.

Durante mucho tiempo, Lancaster ha evocado imágenes de los caballos y las calesas, y de las granjas de lácteos y las panaderías de su población amish y menonita, quienes creen en vivir de manera simple con muchos de ellos rechazando comodidades modernas como autos y electricidad.

Mas ese estereotipo pasa por alto la noticia real en el lugar: el creciente número de restaurantes y negocios de comida operados por inmigrantes y refugiados y la forma en que se entremezclan sin esfuerzo con el tejido de la Ciudad.

Esa inclusividad tiene una larga historia. Los alemanes de Pennsylvania se establecieron en el área en 1709, tras huir de la persecución en Europa. Una pancarta encima de una ajetreada intersección en el centro reza, “Una historia de bienvenida desde 1742”, año en el que Lancaster fue constituida como ciudad.

Organizaciones religiosas nacionales como el Comité Central Menonita y Church World Service han buscado activamente llevar a refugiados a la Ciudad. En el 2017, Church World Service reportó haber reasentado a 477 refugiados en el lugar. Ese mismo año, la Ciudad, cuya población ronda los 60 mil habitantes, aceptó 20 veces más refugiados per cápita que cualquier otra en Estados Unidos, de acuerdo con Lancaster City Alliance, una organización dedicada al desarrollo de la Ciudad.

Robert Pham, un refugiado vietnamita, y su esposa Naomi, quien creció en Japón, abrieron un restaurante en Carlisle en el 2008, a más o menos 100 kilómetros al oeste, Issei Noodle. Su hijo Andre Pham y su esposa, Donna, abrieron un local en Lancaster en el 2014.

El menú une la herencia doble de la familia, donde el pho y el ramen figuran con la misma prominencia. Los sabores brillantes y sin disculpas del restaurante han demostrado ser tan populares que, en junio, los Pham abrieron un puesto en el Mercado Central.

Ahí, el dueño de una panadería amish (quien pidió no ser identificado porque no quería su nombre aparezca en internet) recorrió el espacio con la mirada y suspiró. “Extraño la forma en que solían ser las cosas”, dijo, al señalar todos los puestos nuevos en el mercado.

Varios negocios más de comida han hecho énfasis en contratar a refugiados e inmigrantes.

Maher Almahasneh, quien huyó de Siria en el 2013, acababa de completar un periodo como cocinero principal en Upohar, un restaurante vegetariano con un personal de cocina compuesto por refugiados y otros que enfrentan barreras para ser empleados, como adicción e indigencia.

“La gente en mi País me decía que en EU todo el mundo tiene un arma, muchos problemas”, dijo Almahasneh, de 39 años. “Lo que yo experimenté aquí es diferente. Me encanta Lancaster”.

El menú de Upohar cambia dependiendo de quién cocina. Ha incluido akara, o frituras de frijol de ojo negro, de Nigeria; una limonada iraquí con flor de azahar llamada sharab al-leymoun; y un guisado de frijol negro de Cuba.

Jennie y Jonathan Groff, una pareja que es dueña de Stroopie Co., que hornea galletas holandesas stroopwafel, un tipo de oblea gruesa rellena de cajeta, no sólo emplean a refugiados sino que también sirven como anfitriones de clases de inglés en su panadería, Lancaster Sweet Shoppe.

Jennie Groff, de 42 años, creció justo a las afueras de la Ciudad, en una familia menonita que ayudaba con regularidad a reasentar a refugiados.

“Amar al prójimo es una parte muy importante y fundamental de lo que creemos”, señaló. “Es lo que la gente hizo alguna vez por nosotros, así que se ha vuelto algo medular de quiénes somos como comunidad”.

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