Guerra política en Alemania contra cambio climático

12 de agosto del 2019

los debates sobre cuestiones ambientales se están volviendo más acalorados.

Guerra política en Alemania contra cambio climático

Cuando Christian Lindner, líder del partido Liberal de Alemania, dijo recientemente que se libraba una “guerra cultural contra los autos” en su país, la gente, con una sonrisa, lo tachó como una exageración. Después de todo, los Liberales son el partido más pronegocios y antiregulación de Alemania, y ponen en la mira a las políticas ambientales.

Sin embargo, Lindner tiene razón. Durante años, Alemania ha estado enfrascada en una guerra cultural en torno a la inmigración, los refugiados y la diversidad. Pero al tiempo que esas conflagraciones se apagan, cobra fuerza una nueva.

El medio ambiente se está convirtiendo en la nueva migración, una problemática polarizante que el derecho populista se está preparando para explotar.

Por supuesto, la migración sigue siendo un tema contencioso en Alemania, pero la histeria del 2015 y 2016 ha amainado. El número de personas solicitando asilo en Alemania se ha desplomado, el año pasado hubo sólo 186 mil solicitudes, comparado con 746 mil en el 2016.

Al mismo tiempo, LYa sea la realidad del calentamiento global, los límites a los gases de invernadero, la movilidad futura en las ciudades o la protección de las abejas, el debate se está volviendo polémico y emocional, al tiempo que las personas empiezan a sentir las consecuencias de las políticas ambientales en sus vidas.

Este año, algunas ciudades germanas prohibirán la circulación en el Centro de autos con motores diesel más antiguos, con base a los límites de la Unión Europea al dióxido de nitrógeno en el aire. Las prohibiciones, anunciadas el año pasado, incitaron indignación pública.

En enero, un grupo de médicos, encabezados por el especialista en pulmones Dieter Köhler, le echó leña al fuego al cuestionar la validez de los límites de la UE. Durante semanas, Köhler se presentó en programas de entrevistas, y el partido Alternativa para Alemania, o AfD, lo celebró como un héroe por levantar la voz contra lo que considera paternalismo ecológico.

Andreas Scheuer, el Ministro del Transporte, acogió la declaración de los médicos —pese a advertencias de la comunidad científica de que Köhler, quien no es epidemiólogo, carecía del expertise como para hacerla.

De hecho, posteriormente surgió que algunos de los puntos clave de Köhler eran erróneos. Pero ya para entonces no importaba; las prohibiciones al diesel se habían vuelto potencialmente tóxicas.

Los alemanes aman sus autos, no sólo como propiedad personal y símbolos de expresión personal, sino como símbolos nacionales del ingenio y el dominio manufacturero alemán. Así que tiene sentido que el choque en torno al medio ambiente se centrara en el automóvil.

Cuando Regine Günther, la Senadora del Transporte y Medio Ambiente en el Gobierno Citadino de Berlín, dijo recientemente, “nos gustaría que la gente se deshiciera de sus automóviles”, fue denunciada en los medios sociales como alguien que “odia los autos” y de ser una “comunista verde”.

Cuando un reporte preliminar para el Ministerio del Transporte federal recomendó límites de velocidad en el autobahn y precios más altos de la gasolina para disminuir las emisiones de carbono, la respuesta pública fue tan hostil que el Ministerio se distanció de él.

Hay buenos motivos para sentir enojo cuando el Gobierno alemán pide sacrificios de sus ciudadanos en aras de la salud del planeta al tiempo que dejó que Volkswagen y otros salieran bien librados de mentir sobre datos de emisiones.

Al mismo tiempo, los partidos populistas en Alemania y Europa están haciendo cada vez mayor campaña contra las reglas ambientalistas. Esta oposición encaja perfectamente con las narrativas y los patrones populistas: el escepticismo en torno a la ciencia, el enojo respecto a lo “políticamente correcto” y el reflejo libertario contra las regulaciones gubernamentales en general.

Las problemáticas ambientales producen las mismas clases de divisiones fundamentales que la migración. Ambas políticas tienen en la mira objetivos globales y morales con los que ciudadanos se benefician sólo en lo abstracto, mientras que los costos son inmediatos. Aceptar a los buscadores de asilo es una responsabilidad moral global; los “costos” (escuelas sobrepobladas, tensiones locales) son locales. Deshacerse de viejos autos diesel podría ser un paso vital para luchar contra el cambio climático, pero ¿cómo se traslada uno al trabajo?

Annegret Kramp-Karrenbauer, la nueva líder de los Demócratas Cristianos, recientemente fustigó a los berlineses “bebedores de latte macchiato”, mientras que Scheuer, el Ministro del Transporte, dijo, “En la escena política berlinesa, la gente está regodeándose respecto a debates que no tienen que ver con las realidades cotidianas de las personas fuera de la Capital”. Vuelve a ser el 2015, entonces eran los idealistas de las fronteras abiertas contra los xenófobos. Ahora son los ideólogos urbanos amantes de la naturaleza contra el ignorante Juan Diesel.

El debate de la inmigración destrozó a Alemania y dificultó mucho llegar a una política migratoria coherente y justa para el País y para Europa. Ahora, lo que está en juego el futuro del planeta, de hecho es mucho mayor. ¿Cómo se puede evitar cometer los mismos errores?

El primer paso es bajar la temperatura. Los de izquierda necesitan reconocer que las políticas ambientales conllevan costos y que necesitan encontrar formas para reducir su dolor para los alemanes comunes y corrientes. Los conservadores también deben resistir la tentación de asegurar votos al explotar el resentimiento contra el “cuco” del imperialismo cultural.

Proteger la salud de Alemania y el clima global son asuntos demasiado importantes como para los juegos políticos. Sabemos cómo luce la polarización resultante.

¿Realmente queremos volver a transitar por ese camino?

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO