De prédicas y prácticas

8 de agosto del 2019

Opinión de Ancízar Villa.

De prédicas y prácticas

Sí, en prédicas y buenas intenciones, el acuerdo es general: el Estado primero, queremos la paz, el medio ambiente es responsabilidad de todos, el derecho de los niños está por encima de cualquier otro, la equidad es un propósito común, “a la mujer no se le toca ni con el pétalo de una rosa”, respetamos la diferencia, somos incluyentes, Colombia es el mejor vividero del mundo, acatamos la carta magna, Colombia por encima de los partidos, en fin; parecemos ángeles de iglesias ricas porque desde la palabra todo es bello, pulcro, ecuánime, casi celestial.

¡Mentira!. Hablemos al azar, al menos de uno de esos temas: la paz. ¿Recuerdan los reflejos condicionados de Pavlov? Piensen en alguno, cualquiera de nuestros dirigentes y muéstrenle el retrato de su oponente político para que vean la transformación. El Estado primero, queremos la paz… sí, cómo no. Ahí mismo la mirada se transforma, el cuerpo se infla, la piel se enrojece y la boca expulsa palabras acusatorias, denigrantes, injuriosas, agresivas y comienza la explosión de dardos, petardos, obuses; el botafuego verborreal incita a la pelea, la razón se ausenta, el interés individual nubla el paisaje mental.

En tanto, el otro, el oponente, no escucha, solo oye lo que más le duela para armar su contraataque en “defensa de la democracia, de las ideas y de la verdad”; toma la misma actitud, ataca, no refuta; grita, no contesta; vitupera, no explica; acrecienta la ofensa, no demuestra.

Y tras de uno y otro, los seguidores de ojos y oídos tapados, de mentes condicionadas al ataque, arman sus trincheras mediáticas y aúllan por todos los flancos, léase redes, con lenguaje soez, con premeditada intención de resaltar la grosera verdad de su líder vistiéndola de dignidad, al tiempo que esgrimen con su palabrero arsenal, las sinrazones de ese oponente que no es el suyo, casi nada saben de él, solo lo que aprendieron a odiar, a repetir, a amplificar, a desinformar, a ridiculizar.

Y entonces entendemos por qué Hobbes, sin redes sociales, hace casi cinco siglos sostenía que “el hombre es un lobo para el hombre”, mientras Jean-Jacques Rousseau, hace tres, nos invita a pensar que “los seres humanos nacen buenos y libres, pero el mundo los corrompe”. Es menester entonces preguntar: ¿No hemos aprendido nada? ¿De dónde nace tanta inmundicia y desde cuándo el mundo nos corrompió de esa manera?

Paz, ¿cuál paz? Todos lo sabemos y lo predicamos: la paz es una construcción; sin embargo, es imposible edificarla a partir del odio, de la irreflexión, de la deshonestidad, de los espíritus que navegan en la oscura noche, de las mentes insidiosas, de los odios infundidos, de las mentiras amplificadas, de las acusaciones intencionadas, de las falsas verdades, de los seguidores comprados o condicionados.

¿Alguien escucha, alguien se escucha siquiera a sí mismo? Si eso sucediera, quizá, podríamos empezar por el primer acuerdo: el acuerdo de entender que no estamos de acuerdo, y que de verdad, desde esas diferencias de cualquier tipo, podemos caminar uno al lado del otro, no tomados de la mano, no se trata de nuevas mentiras, pero sí, hacia adelante como sociedad, como país, mientras tejemos lazos de entendimiento entre las diversas naciones que conforman nuestro Estado.

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