Dios y la impro

30 de julio del 2019

Opinión de Antonio David Pinilla

Dios y la impro

Al finalizar la obra, Amanda confirmó que nadie sabía lo que iba a pasar. Eso sí, tenía la certeza que lo bueno o lo malo que estaba ocurriendo no iba a durar para siempre. Fue una creación espontánea. Con un montaje lleno de cables, luces y ropa ligera, algo así como el edén, pero sin expulsión del paraíso. Después de ver tanta injusticia, traición y muerte en el escenario, Amanda se cuestionaba por qué lo encontraba tan entretenido, y la respuesta que se dio fue más simple de lo que esperaba y era ver una emoción y una idea juntas en movimiento. 

La primera escena comenzó sin palabras. De fondo sonaba la Gazza Ladra de Rossini y lentamente la luz del fondo pasaba de blanca a azul y de azul a morado hasta llegar a blanco. Amanda entendió que había muerto alguien porque había un cuerpo en el piso y tres mujeres alrededor llorándolo en silencio. El público aplaudió cuando el asesino se ríe con la luz roja pegándole en el rostro. 

En la segunda escena, el muerto está en otra dimensión. Camina y decide convertirse en cisne, bicicleta y lluvia. El resto del grupo sufrió lo que pasaba en escenario porque cuando uno decidió caminar agachado, todos lo hicieron, varios hacían cara de dolor por la mala postura. Amanda entendió que el siguiente acto era para mejorar la historia. Ella quería conectar esa escena que imaginó desde el principio.

No hay tercera escena, simplemente todo terminó con la escena anterior solamente que el actor que decidió convertirse en cisne, bicicleta y lluvia, volvió a morir para convertirse en otra cosa. Ahora para hacer reír a sus compañeros y al público. Lo infinito puede llegar a ser aburrido y el sentido de la creación es complicarlo, se decía Amanda cuando se bajó del Uber para llegar a su casa.

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